Este viaje lo hice con una de mis grandes amigas, con quien compartimos desde siempre una misma pasión: movernos, explorar, conocer el mundo. En ese momento estábamos viviendo en Cambridge, rodeadas de su belleza universitaria impecable, pero necesitábamos otra cosa. Una pausa de ciudad, por más hermosa que fuera, y volver al verde, al campo. Después de todo, aunque hoy nos consideremos ciudadanas del mundo, nacimos en un pueblito de la provincia de Buenos Aires, y la paz rural siempre llama.
Ese fin de semana salimos desde Cambridge con una sola certeza: queríamos ver campos, colinas, ovejas, tractores. Los Cotswolds estaban a un par de horas en auto, y además amamos los roadtrips, que se vuelven espacio de charlas, risas y una intimidad muy propia del viaje por tierra, imposible de replicar en un avión.
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Oxford y un desvío nerd
La primera parada no fue en Cotswolds, sino en Oxford. Fue breve y un poco caprichosa. Queríamos ver el pizarrón que escribió Einstein durante una conferencia en 1931 y que hoy se conserva en el Museo de Historia de la Ciencia. No es un objeto espectacular, pero esos trazos de tiza encierran historia. Para los que no lo sabían, además de diseñadora de viajes, soy bióloga y me apasiona la ciencia, así que cada tanto me van a tener que perdonar estos desvíos nerd.



Burford, Bibury y Bourton-on-the-Water
Desde Oxford el paisaje empezó a ondularse y las rutas a estrecharse. La primera parada, ya en los Cotswolds, fue en Burford, un antiguo pueblo de comercio, donde su calle principal, High Street, desciende hacia el río Windrush entre casas y tiendas históricas hechas de la típica piedra color miel que domina el paisaje de los Cotswolds. Este tono cálido de los edificios contrasta con el color gris típico de Londres, y da la sensación de estar en un atardecer permanente. Desde lo alto de la calle, mirando hacia el horizonte, se pueden ven los campos abiertos que inaguran el viaje rural que estábamos buscando.
Seguimos por rutas angostas hasta Bibury, muchas veces descrito como uno de los pueblos más lindos de Inglaterra. Estacionamos y caminamos por Arlington Row, una hilera de casas inclinadas junto al agua que parece fuera del tiempo. Ya eran las primeras horas de tarde, y nos habíamos salteado el almuerzo, así que antes de seguir hicimos el famoso afternoon tea en el Swan Hotel. El afternoon tea es como una merienda basada en pequeños sandwiches, scones con crema y mermelada, tortas y pasteles, acompañados del clásico té con leche. Es una costumbre inglesa que data del 1840 y una excelente forma de recargar energías. Antes de seguir, pasamos por la Trout Farm, una piscifactoría fundada en 1902 donde todavía hoy se crían truchas en estanques alimentados por aguas cristalinas. Bibury tiene algo difícil de explicar: no es solo fotogénico, es calmo. Incluso con turistas, el entorno sostiene una quietud que era justo lo que esperábamos de este viaje.
El viaje lo hicimos en octubre con lo cual los días son cortos. Llegamos a Bourton-on-the-Water cuando estaba cayendo la noche. Es otro de los pueblos más visitados de los Cotswolds, pero al atardecer conserva un ambiente tranquilo. El río Windrush atraviesa el centro de la ciudad y se puede cruzar por pequeños puentes bajos. Caminamos un rato por la ribera, viendo cómo las luces de las casas y las tiendas se reflejaban en el agua tranquila. Sin dudas, esta era la pausa que estábamos buscando para este viaje…



Cheltenham y una fiesta inesperada
Como estábamos en auto decidimos seguir hasta Cheltenham, nuestro destino final, para dejar el auto e ir a un pub caminando. Habíamos reservado un Airbnb en una zona residencial tranquila, donde podíamos estacionaren la calle sin pensar en parking ni horarios.
Esa noche el viaje dio uno de esos giros que no se planifican: terminamos en una fiesta de Halloween en un pub de Gloucestershire. El ambiente era 100% local, todos entraban disfrazados, saludaban al barman y a los mozos, quienes comentabal los disfraces de cada cliente. Cenamos, tomamos cerveza, escuchamos música y bailamos.



Winchcombe, jardines de Sudeley Castle y Stow-on-the-Wold
A la mañana siguiente, preparamos el mate y salimos para Winchcombe, que apareció sin expectativas y terminó siendo uno de los lugares que más recordamos. Queríamos desayunar en un café muy recomendado en Google, pero que estaba lleno. No quisimos esperar a que se libere una mesa, así que caminando una cuadra más encontramos The Lion Inn.
El lugar era de ensueño, parecía un viaje en el tiempo. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, en asientos antiguos cubiertos por cueritos de oveja. El hogar estaba encendido, y junto a él un galgo inglés dormido. Nos trajeron un desayuno generoso: huevos, salchichas, papas, pan caliente. Todo sin pretensión, profundamente inglés y profundamente acogedor.
Después caminamos por el pueblo que estaba amaneciendo. De nuevo sentimos ese ambiente tranquilo, lento y relajado de los Cotswolds, con tiendas pequeñas, nada de cadenas, las puertas bajas, las ventanas decoradas y luces tenues que surgían del interior.
Desde ahí fuimos a Sudeley Castle. No entramos al castillo pero lo vimos desde afuera y recorrimos los jardines con senderos húmedos entre muros de piedra, rosales en otoño y vistas abiertas a la campiña. El castillo, con casi mil años de historia, fue residencia de Catalina Parr —la última esposa de Enrique VIII—, enterrada en la iglesia del predio. Se siente más íntimo que monumental, muy en sintonía con el paisaje de los Cotswolds.
Ya al mediodia seguimos hacia Stow-on-the-Wold, uno de los pueblos más grandes de la región. Bajamos del auto y recorrimos a pie la plaza amplia, visitamos tiendas antiguas, y la iglesia de St Edward con su puerta de madera flanqueada por troncos retorcidos. Stow-on-the-Wold fue nuestra última parada en los Cotswolds. La iglesia de St Edward’s, con su puerta de madera enmarcada por árboles retorcidos, parece salida de un cuento. A esa altura el roadtrip ya era eso: enlazar pueblos por rutas rurales, sin checklist ni apuro.



Volver atravesando el paisaje
De regreso a Cambridge nos cruzamos con un desfile de tractores —sí, real— y llegamos esa noche con la sensación de haber atravesado un paisaje más que de haberlo visitado.
Los Cotswolds, al menos para nosotras, no fueron “atracciones”, sino una sucesión de detalles: muros de piedra, ovejas dispersas, ventanas bajas con el aire húmedo y fresco en la cara, rutas donde hay que frenar y dejar pasar. El viaje en auto sin dudas fue lo que permitió que el fin de semana se armara con esa mezcla de azar y calma, sin un plan concreto, sin checklists, sino dejandonos llevar por el espíritu de cada lugar.
Si estás pensando en algo parecido, desde Londres, Cambridge o alguna otra ciudad inglesa, salir en auto al campo es la forma más simple de que el viaje se parezca a esto: menos itinerario, más deriva.
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